viernes, 13 de agosto de 2010

Navegando a Vela: El Silencio

Martes por la mañana. Ayer aceptamos la reserva del amarre en el puerto de Mahón para un día más. Hoy dormiremos también en Mahón.
De ese modo este día, sin prisas, y ante la Tramontana que ha entrado y se anuncia fuerte durante dos días, exploraremos el sur de Menorca, donde la isla nos protege.
Salimos del puerto de Mahón y viramos a estribor poniendo rumbo sur hasta la isla del Aire, situada en el extremo sureste de Menorca.
La Tramontana levanta olas de un metro. Tenemos viento de aleta (a unos 30 grados de popa) lo que nos permite navegar a un largo. Es algo así como ir cuesta abajo. Al navegar en el mismo sentido que las olas, el movimiento de éstas queda amortiguado y en esta configuración las velas proporcionan el máximo impulso.
Es ahora cuando el capitán inventa el silencio: con la mayor izada y el Génova desplegado, detiene el motor y deja que el viento nos lleve.
Es el placer máximo. Navegamos a ocho nudos impulsados por el viento, ligeramente escorados, sin más ruido que el del agua deslizándose bajo el barco y las velas hinchándose con el viento.
Frente a nosotros vemos pasar un barco navegando en sentido opuesto y comprobamos la diferencia en su fuerte cabeceo y su negociación brusca de las olas mientras nosotros parecemos deslizarnos sobre el mar como un esquiador sobre la nieve.
Nos acercamos a la isla del Aire y pasamos junto a una señal que indica la existencia de una "seca", unas rocas que apenas afloran de la superficie del mar frente a la costa en un lugar llamado "el caracol" y Jens nos indica la casa con una larga cornisa blanca donde, durante varios años, regentó con su pareja el restaurante del mismo nombre, que llegaron en su día a convertir en uno de los lugares de moda de Menorca.
El paso por el canal entre la isla del Aire y Menorca merecería un capítulo aparte. Sus aguas son las más transparentes del Mediterráneo.
Nos cuenta Raúl cómo un día especialmente tranquilo, con el mar totalmente en calma, habiendo fondeado en el canal, se encontraba haciendo snorkel y tuvo la sensación de que el barco se encontraba suspendido en el aire, tal era la transparencia del agua a su alrededor, haciéndola prácticamente invisible.
Aunque el viento soplante nos impide, al agitar la superficie, contemplar el fondo como en aquella experiencia tan especial, constatamos el bellísimo color turquesa del agua, por momentos salpicada de manchas azul oscuro, según los caprichos del fondo, relativamente poco profundo, sobre el que navegamos.
Dejamos atrás la isla, que se encuentra actualmente en venta por unos ochocientos mil euros (¿o son ocho millones?) y cambiamos el rumbo navegando ahora hacia el oeste frente a los espectaculares acantilados de piedra blanca cortados a cuchillo sobre las aguas de un color azul oscuro para las que se nos agotan los calificativos. Llegamos a Cales Coves, nuestro destino previsto, hacia la hora de comer.
Como era previsible, la cala está repleta, no hay ni un solo espacio disponible para fondear en su interior.
Con la Tramontana, todos los barcos que se han atrevido a salir de puerto buscan cobijo en las calas del sur y ésta es de las más solicitadas.
Como no vamos a estar más que un corto espacio de tiempo, nuestro patrón decide fondear en el centro de la entrada de la cala, casi en mar abierto. Poco después, otro velero sigue nuestro ejemplo y echa el ancla junto a nosotros.
Nuestro barco, durante el tiempo en que permaneceremos fondeados irá garreando (deslizándose arrastrando el ancla por la fuerza del viento) de modo que, cuando por la tarde levemos el ancla, estaremos situados unos cincuenta metros mas afuera.Bajamos a la playa con la zodiac, primero en la parte derecha de la cala, que se abre en tierra como en dos orejas. Un pequeño baño junto a la playa, el descubrimiento de una inmensa higuera junto a la orilla, que identificamos por su olor, ya que no tiene ni un sólo fruto, y una ligera incursión en la otra parte de la cala, de la que huímos rápidamente por su fuerte olor a cieno, dan paso a la vuelta al barco para terminar el baño en aguas más profundas y limpias y comer unas costillas adobadas de cuyos huesos parece dar buena cuenta una gaviota que se ha posado a pocos metros de nosotros a la espera de su correspondiente ración.
El camino de vuelta se realiza por el mismo lugar, pero en sentido opuesto, lo que nos permite experimentar la navegación en "ceñida", teniendo que realizar numerosas bordadas para, haciendo zigzag, conseguir dirigirnos a nuestro destino, situado en el lugar del que sopla el viento.
Las manos de los marineros menos experimentados muestran los estragos del trabajo de desplegar y recoger velas, las palmas enrojecidas, y el corazón alegre.
Al final, el capitán, para no llegar demasiado tarde al puerto, nos ahorra las dos últimas bordadas encendiendo el motor y poniendo rumbo directo a la bocana del puerto de Mahón, en el que entramos por segunda vez, aunque sin la incertidumbre del punto de amarre, que habíamos reservado anoche.
La jornada finaliza con un paseo por Mahón, incluyendo una visita al mercado de verduras, situado en el claustro de un antiguo convento, unas sesiones de fotos desde el mirador situado en la parte alta de la ciudad, desde donde se tienen unas magníficas vistas del puerto, y una cena en el restaurante flotante "La Minerva", que nos dejó un agradable recuerdo.



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