lunes, 29 de noviembre de 2010

Molinos hidráulicos, batanes y fábricas textiles en Béjar (Salamanca)




Prof. Javier R. Sánchez, Universidad de Salamanca, E.T.S.I.I. de Béjar

La historia de Béjar, pequeña ciudad castellana situada al sur de la provincia de Salamanca, ha estado siempre ligada a la industria textil lanera. Para bien y para mal, pues cuando la industria textil pasó por épocas de prosperidad los bejaranos prosperaron con ella, y cuando el textil arrostró una de sus cíclicas crisis la ciudad pasó momentos de penuria.

Se trata de uno de los casos más importantes de especialización productiva de Castilla que, con todos sus avatares, ha sobrevivido al paso de los siglos e incluso a la desaparición de casi toda la industria textil castellana. Esta supervivencia es aún más loable si se tiene en cuenta que se trata sólo de una pequeña ciudad, casi aislada en lo que se refiere a la actividad textil, y muy alejada de las áreas textiles españolas de referencia, la catalana y la valenciana.

El río que pasa por Béjar es el Cuerpo de Hombre, que ha sido clave en el desarrollo industrial de la ciudad. Este río nace en la Sierra de Béjar, a 2280 metros de altura y desemboca en el río Alagón a 420 m. de altura. Es decir, en poco más de 40 km de recorrido sinuoso salva un grandísimo desnivel, de casi 2.000 m., lo que hace que haya sido utilizado siempre para transformar la energía hidráulica en energía mecánica y, más adelante, en energía eléctrica.

En las orillas del río, como de otros muchos ríos, ha habido molinos y batanes desde tiempo inmemorial. En ellos se aprovechaba la energía hidráulica para moler el grano o para batanar paños. Estas instalaciones fueron el germen del que después surgirían las grandes fábricas harineras y, sobre todo, textiles a partir del siglo XIX.

En realidad, primero fueron los molinos y, después, en la edad media, aparecieron los batanes. Durante una época coexistieron ambos en la ribera del río, en algunos casos dentro de la misma instalación. Con el tiempo, y al comprobarse que era más lucrativo el batanado de paños que la molienda de harina, hubo molineros que cambiaron de negocio, mientras que otros muchos probaron con las dos actividades a la vez hasta ver qué tal les iba. Después, al menos en Béjar, desaparecieron prácticamente los molinos y fueron sustituidos por los batanes, esos antiguos batanes de mazos que son protagonistas de una espeluznante a la vez que ridícula aventura de don Quijote y su fiel Sancho.

Hay numerosa información sobre molinos bejaranos en el Archivo Histórico Provincial de Salamanca. También se habla de ellos en las Respuestas Generales del Catastro de Ensenada (1753), donde se citan hasta 13 molinos harineros en el curso del Cuerpo de Hombre, la mayoría de ellos de dos piedras, aunque también los hay de una. En cuanto a batanes, hay cinco en esa época, de una ó dos pilas, uno de los cuales era propiedad del convento de San Francisco y se usaba exclusivamente para batanar los sayales que ellos mismos fabricaban en Béjar para vestir a los frailes franciscanos de toda la provincia de San Miguel. Otros eran propiedad de los duques de Béjar y otros señores principales, que los cedían en arriendo a terceras personas.

La primera documentación que habla del oficio de batanero en Béjar es de alrededor de 1577 y, en cuanto a edificios, el primer batán documentado fue erigido por el duque de Béjar en 1592 sobre un antiguo molino en un lugar conocido como “El Vado”, instalación que fue comprada por el duque en cien mil maravedíes. Esa falta de documentos no quiere decir que no hubiera batanes con anterioridad, pues es casi seguro que sí los había. Con el tiempo, los duques de Béjar llegarían a disponer de hasta tres batanes en lugares diferentes del río.

En cuanto a la actividad textil bejarana, pudo empezar a finales del siglo XIII en obradores textiles ubicados en el casco urbano. Veremos algunas fechas significativas en su desarrollo.

En 1592 se produce un hito importante con la construcción, por parte de los duques de Béjar, de un tinte para dar este servicio a los fabricantes bejaranos, a petición de éstos. Esta instalación protoindustrial, con distintos propietarios, ha pervivido en el mismo lugar dedicándose a idéntica actividad hasta el año 2001, en que sucumbió víctima de la piqueta debido a su privilegiada ubicación.

Otro hecho importante se produjo en 1691, año en que la casa ducal bejarana firma un contrato con varios maestros flamencos, naturales de Bruselas, en el que éstos se obligaban a venir a Béjar y a enseñar a los bejaranos a hacer paños finos. Este tipo de paños tenían mayor valor añadido que los paños bastos que, hasta entonces, eran los únicos que se fabricaban en Béjar.

En 1744 había censados en Béjar 155 telares, que se habían elevado a 177 en 1761. En 1751 se contabilizan 75 fabricantes, si bien el 1% de ellos controlaba el 27% de la producción. A mediados del siglo XVIII, se estima la existencia de unos 160 telares activos, con unos 3.000 trabajadores en el sector.

El inicio de la era industrial se fija en Béjar hacia 1824, año en el que algunos fabricantes textiles compraron máquinas de hilar y cardar a la casa Cockerill de Lieja (Bélgica). Por aquellas fechas se inició también la mecanización del perchado y del tundido de paños, este último mediante la introducción de tundidoras transversales.

A lo largo del siglo XIX los obradores fueron transformándose en verdaderas fábricas textiles que, como necesitaban abundancia de agua para algunos de los procesos textiles (lavado de lana en rama, batanado, tintura, etc.), además de para producir energía, muchas de ellas fueron instalándose en ambas riberas del río Cuerpo de Hombre.

Según Pascual Madoz, hacia 1849 existían 200 fábricas con una producción de 754.600 varas de paño y bayeta, empleando a unas 4.000 personas, más otras 600 que lo hacían en los 40 telares de lino y cáñamo que también había.
En 1852 se fundó la Escuela Industrial que sirvió primero para formar técnicos textiles y mecánicos y, con el tiempo, también eléctricos, que desempeñaron un papel importante en el desarrollo tecnológico de la industria textil bejarana.

El tren, clave en el desarrollo de la España decimonónica, llegó a Béjar tarde, a finales del siglo XIX. Dada su importancia en el transporte de maquinaria pesada para la industria textil, así como para una rápida recepción de suministros y salida de mercancías, esta tardía llegada supuso numerosos problemas en la modernización de instalaciones y en las actividades comerciales del textil bejarano, siendo fuente de numerosos problemas y de más de una crisis de trabajo.

Durante la guerra civil española (1936-39), Béjar se convirtió en el principal foco textil lanero de la llamada “zona nacional” y, una vez acabada la guerra, se produjo un gran desarrollo de esta actividad. La tradición del sector y una serie de circunstancias favorables, como la situación geográfica y la escasa incidencia de la guerra en su estructura industrial, favorecieron ese desarrollo, lo que se materializó en la apertura de nuevas fábricas y en el perfeccionamiento de las existentes.

En 1969 había 58 empresas textiles y 38 artesanales (drappaires), es decir, en total 96 con cerca de 3.500 trabajadores. Estas empresas cubrían todo el abanico de producción lanero: lavado de lana, peinado, hilaturas de carda y de estambre, tejedurías, tintorerías y fábricas de acabado. También de confección.

Esta época dorada duró hasta finales de los años sesenta. Después, la modernización y diversificación de la industria textil nacional y la fuerte competencia exterior, entre otros factores, determinan la desaparición de varias empresas, con la pérdida de un número significativo de puestos de trabajo a partir de 1970.

En los años noventa comienza a ser muy fuerte la competencia asiática, con precios de producción imposibles de conseguir en los países occidentales. Y la vuelta de tuerca definitiva se produjo el 1 de enero de 2005, con la eliminación total de restricciones a la importación de productos textiles y de confección procedentes de estos países.

Actualmente quedan en Béjar unas 14 empresas textiles que dan empleo directo a unos trescientos trabajadores. Varias de ellas fabrican productos de vanguardia, necesarios para sobrevivir en un mercado tan difícil como el actual.

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